HABICH EL FUNDADOR

HABICH EL FUNDADOR

Editorial:
UNIVERSIDAD NACIONAL DE INGENIERIA
Año de edición:
Materia
Arquitectura Peruana
Páginas:
186

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Eduardo Juan de Habich Parte I

Introducción
En diciembre de 1869 desembarcaba en el puerto del Callao un hombre de un poco más de treinta años, de largos mostachos y finos modales. Aunque estaba vestido a la usanza parisina y hablaba en francés, procedía de Polonia. Era el joven ingeniero Eduardo Juan de Habich que acababa de firmar en París un contrato de locación de servicios con el encargado de negocios del Perú en Francia para desempeñar labores propias de su profesión en calidad de ingeniero del Estado en el Perú. Hoy vemos su estatua en el parque Habich y leemos su nombre en algunas de nuestras calles, pero desconocemos la obra realizada por este extranjero que dedicó al Perú los más largos y fecundos años de su vida.
¿Por qué había salido de su patria un hombre procedente de la más alta nobleza polaca y llegaba a nuestras costas trayendo como única herencia su voluntad tesonera, su tecnicismo riguroso y su capacidad organizativa? La Europa del siglo XIX supo de la constancia en la lucha por la libertad nacional de aquellos pueblos que habían sido oprimidos por los últimos restos de las monarquías centralistas. Mientras nosotros, que estábamos estrenando la libertad, nos debatíamos entre el ser y el no ser de una economía inestable y de unos gobiernos efímeros que cualquier viento zarandeaba, en el Occidente europeo restauraban las monarquías sus solios reales y Napoleón soñaba en un imperio sin límites. Los pactos de familia y las alianzas entre las grandes potencias permitían a los poderosos conculcar los intereses de los pueblos que pugnaban en vano por la consecución de la autodeterminación.
Polonia conoció el zarpazo de los zares rusos, y sus gritos, ahogados en sangre, no consiguieron sino líricas protestas de los románticos del siglo del Romanticismo. Se exaltaban sus heroísmos, sus hazañas llenaban muchas páginas de los periódicos y revistas de la época, pero se la dejaba morir sola porque no podían violarse los sagrados pactos contraídos por los repartidores del mundo. Y vino la paz sobre Europa, es decir, el calculado equilibrio entre las grandes potencias a costa del sacrificio de las pequeñas naciones. Y vino la paz también sobre Polonia porque sus fuerzas estaban ya desgastadas. Pero en el fondo de los espíritus esa paz era sólo un compás de espera porque, como muy bien dijera nuestro Baquíjano al Virrey Jáuregui en el Elogio, las armas que el miedo retiene, en secreto se afilan. Aprovechándose la paz, se inició el proceso de rusificación de Polonia. Los nobles mantenían su rango y los jefes del ejército pasaban a servir a los zares en el mismo grado.
Los Habich, pertenecientes a la más alta nobleza polaca -en su escudo de armas figuraban los símbolos de la realeza- , eran aristócratas y militares. El joven Eduardo pasó a servir en Rusia. Cosechó triunfos en Sebastopol y Crimea, pero hastiado por la opresión que se imponía a su patria, abandona Rusia, se establece en París, estudia en la Escuela de Puentes y Calzadas, dirige la revolución de 1863 y vuelve a Francia para trabajar en la Escuela Superior Polaca, de la que poco después fue hecho director.
Por entonces el Perú vivía esos años de prosperidad falaz de los que habla Basadre como consecuencia de las ingentes sumas de dinero que recibía el Estado por la comercialización del guano. El superávit de numerario se convirtió en despilfarro, en boato y lujo, pero contribuyó también a la extensión de la red de comunicaciones. Faltaban sin embargo ingenieros capaces de dirigir este proceso de tecnificación y de asesorar al gobierno en las obras públicas. Durante la presidencia de Balta comienzan a llegar los primeros técnicos entre los que figurará luego Eduardo J de Habich. Venía con un contrato por tres años firmado en 1869, pero cuarenta años más tarde estaba todavía en el Perú. Cuando murió en 1909 dejaba tras de sí mil informes técnicos sobre problemas de irrigación, alumbrado, urbanización, ferrocarriles, etc. Pero su obra fundamental se llama la Escuela de Ingenieros no sólo por la mayor significación que ella tuvo en la evolución de nuestras estructuras sino porque a ella dedicó Habich lo mejor de su tiempo y de sus capacidades.
El Perú supo reconocer agradecido la labor de aquel extranjero que se identificó con nuestras cosas y se dio por entero a la defensa de nuestros intereses. Cuando alguien quiso empeñar sus glorias, salió pronto en su defensa. Un chauvinista exagerado se atrevió en 1894 a atacar a Habich, pero el periodismo nacional le respondió con unas palabras que sintetizan la labor desempeñada por Habich en el Perú. “En buena hora que rechacemos a extranjeros que vienen a disgustarnos...pero a extranjeros como el Sr. Habich, que educa e ilustra a nuestra juventud, que nos inculca hábitos de orden y sobriedad, que nos comunica los secretos de la ciencia, que nos ilustra con sus luces y nos ayuda con sus honrados esfuerzos, que procura mediante una propaganda activa, sean conocidos y apreciados en Europa los veneros de riqueza que oculta nuestro suelo; que forma su hogar entre nosotros y que nos acompaña, con el mismo interés, con la misma lealtad, ora en nuestros días amargos, ora en nuestros momentos felices; extranjeros así, extranjeros como Habich, que vengan muchos, que vengan siempre, porque esos no son ni pueden ser extraños en el Perú.”

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